¿Por qué partidos y sindicatos no conectan con las personas jóvenes y precarias?

Daniel Mari RipaEl Viejo Topo 

29 años, mujer, asturiana, licenciada universitaria. Eternos cursos de formación se intercalan en una montaña de becas y contratos temporales, públicos y privados, muchos sin relación con aquello que estudió. Su padre vivió uno de los grandes conflictos sindicales que recorrieron Asturies en la década de los 90. Barricadas, movilizaciones, encierros… Lloró y luchó, desde niña, por el futuro de su familia y de su territorio. Ahora trabaja en una empresa de telemarketing. Horas extras no pagadas, sueldos -en la práctica- inferiores al salario mínimo, nula valoración en la empresa, observación permanente… Si intenta cambiar su situación descubrirá que su empresa carecerá de sindicatos, que no conocerá a la mayoría de sus compañeros y que los intentos por fundar una sección sindical se saldarán con despidos repentinos. Cuenta con la memoria y la convicción de la lucha colectiva, pero, ¿cómo organizarse y llevar a cabo movilizaciones? Finalmente, si no es despedida, no tardará en abandonar, ‘quemada’, y esperando que la siguiente experiencia laboral sea mejor. Al marcharse, habrá conocido a decenas de personas entrando y saliendo de ese empleo pero apenas habrá hecho amistad con un par de ellas. En el silencio de esta precariedad, el trabajo no le aportará cohesión ni satisfacción. Tampoco las amistades generadas en éste. ¿Nos parece extraño que no participe en sindicatos o partidos políticos? ¿Podíamos esperar que ‘militara’ como lo hacía su padre?

La confluencia incompleta

‘Indignados’, ‘mareas’ y militantes de partidos y sindicatos críticos confluyen en las movilizaciones. Y sin embargo eso no se traslada en más afiliación ni en nuevas secciones sindicales. Tiene lógica. El sindicalismo combativo (pero también algunos partidos de la izquierda) recibe simpatías por su discurso anticapitalista y desobediente y por su independencia de financiación pública, características que comparte con el 15-M, recuerda el sociólogo Carlos Delclós. Pero ello no lleva por sí solo a representar a la precariedad. Sin trabajo estable, la llegada de afiliación desde los centros de trabajo se reduce y sólo el 20% de ésta es menor de 35 años (Köhler y Calleja, 2009), lo que lo aleja de jóvenes y precarios. Su lugar lo ocupan los trabajadores de modelos clásicos, sobre-representados en los órganos de decisión. Hay más ejecutivas que asambleas abiertas, los horarios de las asambleas dificultan la participación de precarios y el uso de Internet en la toma de decisiones no se corresponde con el que los jóvenes hacen de la red. Como consecuencia, la brecha es profunda: el precariado es minoritario en partidos y sindicatos y las mayorías sociales que están en las calles apenas participan dentro de estos. Así, sin espacio para participar y mientras las estructuras sindicales y políticas no reflejen la diversidad de la sociedad precaria, difícilmente habrá confluencia entre las protestas populares y las organizaciones tradicionales. Pero, ¿en qué ha cambiado esta sociedad?

Del fordismo a Bob Esponja

Aunque parezca lejano, hubo un tiempo, en la era industrial o fordista, donde nos definíamos como trabajadores de ‘x’ empresa o como militantes de ‘x’ sindicato. Nos sentíamos ‘ligados’ a dónde trabajábamos pero también a la utopía que construíamos colectivamente dentro de sindicatos y partidos. La restructuración capitalista, desde finales de los 70, destruye ese panorama. Los empleados con estabilidad, sindicación y condiciones dignas van declinando. Serán sustituidos por una base periférica de la plantilla, parcial o totalmente desvinculada de la compañía y de estos trabajadores estables. En algunos sectores –como el de servicios- el cambio es radical: ya no existirá el trabajo como antes se conocía. Será la norma la falta de contacto entre trabajadores, la alta rotación, la externalización de contratos o la ausencia de sindicatos. Para muchos, no habrá lugar para relacionarse y organizarse colectivamente, por lo que la combatividad en el trabajo descenderá.

El neoliberalismo buscaba desintegrar al sindicalismo y en algunos sectores lo ha conseguido. La precariedad se cebará en jóvenes (y no tan jóvenes) y mujeres, que un día se descubrirán a años luz de partidos políticos y sindicatos. En ellos, el discurso neoliberal hegemónico ha entrado hasta el fondo: Los despidos serán ‘oportunidades para el cambio’ y el ‘éxito’ requiere ‘identificación con la empresa’. ¿El resultado? “Puedes ser muy radical y extremista en la calle, pero en el centro de trabajo eres muy dócil y no tienes que sindicarte, porque crees que sólo vas a estar una temporadita”, explica el sindicalista José Luis Carretero. Peor aún, hemos normalizado la precariedad y hasta los dibujos animados ‘nos preparan’ para ella: Bob Esponja es un “trabajador indefenso de una empresa de comida rápida que vive feliz en una precarización brutal (gana menos de 20 centavos). No tiene estudios, no asciende, no disfruta de ningún derecho sindical y trabaja para un empresario (Señor Cangrejo) brutal y rácano”, apunta el periodista Antonio Baños.

Una sociedad más líquida

Si el trabajo sólo aporta precariedad, necesitaremos otros lugares donde construir nuestra identidad (consumo, ocio, amigos). El sociólogo Zigmunt Bauman lo llama ‘sociedad líquida’: Cambiamos de ciudad frecuentemente, tenemos decenas de trabajos en nuestra vida, nuestros amigos o pareja no son para siempre, la ropa dura menos de una temporada, escuchar un mismo disco tres veces nos agota. Es más, la idea de una pareja o trabajo para toda la vida nos espanta. No queremos ‘ser’ sino ‘estar’: Hoy puede ser ‘el 15-M’, mañana otra cosa. ¿Fin de la Historia? Para nada. Marx o Bourdieu están de actualidad: Las posiciones sociales y económicas de las clases sociales se reproducen generación tras generación. Por ello, frente al aislamiento, seguimos necesitando de identidades colectivas, sentirnos parte de algo ‘en común’. El ‘boom de las ONGs’ a principios del siglo XXI fracasó y los jóvenes descubrieron que también estaban cansados de la ‘sociedad líquida’: “Está muy bien tener menos sujeciones, pero necesitamos armas colectivas sobre las que rehacer solidaridades”, resume el Catedrático de Ciencias Políticas de la UAB Joan Subirats (El País, 29 Mayo, 2011).

El vacío líquido

Y es que en este ‘vacío líquido’, seguimos teniendo la necesidad de construir relaciones con otras personas, que ya no se harán en el trabajo sino por medio de nuestro entorno cercano (tendremos más interés por viajar, salir de fiesta, conocer gente… que nuestros ancestros) y de las redes sociales digitales (Facebook, Twitter, Tuenti, etc.). Sin esas relaciones, aunque sean temporales, no podemos vivir. En estas redes, nos socializaremos e iremos construyendo una identidad colectiva informal. Evolucionamos en función del ‘refuerzo diferencial’ y el ‘moldeamiento’ que nuestras redes de ‘amigos’ nos hacen. En Facebook, por ejemplo, los ‘me gusta’ (y los silencios) o lo que vemos en nuestros ‘muros’ -según quienes son nuestros ‘amigos’-, generan una norma social de aquello que es adecuado o correcto, de lo normal entre tu entorno social. Un militante de una organización política que use habitualmente Facebook construirá una visión del mundo –y de sí mismo- diferente a la de un músico de un grupo de rock. Sus ‘amigos’ on-line serán diferentes, recibirán diferentes ‘noticias’ en su muro o ‘comentarios’ ante lo que ellos cuelguen. También nosotros fingiremos ser de una determinada manera en las redes sociales (¿somos totalmente sinceros?). Nuestros ‘amigos’ o seguidores online nos darán feedback ante lo que mostremos (‘fungirán’ ante nosotros). En esa interacción –como antes sucedía de manera física- se forjará, transformará y evolucionará nuestra identidad y personalidad. Todo sucederá de manera más rápida y en interacción con un número mayor de personas.

Las primaveras árabes, el movimiento 15-M, los movimientos estudiantiles en Quebec y en México (Yosoy132)… todos comparten (además del uso intensivo de redes sociales y de la crítica al sistema democrático y a la censura de los medios de comunicación) una necesidad de traslación a lo colectivo. Por ejemplo, el 15-M, ante el malestar generado por una crisis que individualizaba problemas colectivos (creando estrés económico) organizó la solidaridad y el apoyo social (micrófono abierto, generación de relaciones), mitigando el dolor y visibilizando voces que no estaban siendo escuchadas en las organizaciones clásicas. Como me decía un integrante del 15-M, “venir a la plaza me quitó la indignación”.

El crecimiento de las organizaciones en la sociedad post-industrial

Buscamos y necesitamos una identidad colectiva, pero ésta ‘se desgasta’ y tenemos que cambiarla. Participaremos en una acción política, por ejemplo contra una línea de alta tensión que cruza nuestro municipio, pero si la condición previa es el hacerlo organizadamente con o ingresar en un colectivo determinado (partido político, sindicato o asociación de vecinos) tendremos más reparos. Juan Carlos Monedero, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid, escribía la siguiente anécdota:

En una reunión de partido con jóvenes interesados, después de las presentaciones de los recién llegados, que repetían la fórmula, “soy simpatizante pero no militante, soy simpatizante pero no militante”, “soy simpatizante pero no militante”, un viejo afiliado (…) espetó: “Pues miren ustedes por dónde que yo soy militante pero no simpatizante”. ¿Quién es su sano juicio puede aguantar de primerizo o primeriza una reunión de partido? (…) Que necesitamos nuevas formas de socialización política es evidente. (Sin Permiso, 1 Agosto, 2011).

Sin embargo, la praxis de las organizaciones políticas cuando querían extender una lucha determinada (o extenderse ellas mismas) sería la siguiente: contar con militantes comprometidos de esa zona, realizar difusión de su presencia (carteles, anuncios o presencia en redes sociales) y convocar actividades, charlas o reuniones donde se intentaría acercar a nuevas personas a la organización hasta conseguir su afiliación al colectivo. Desafortunadamente, esto provocará el rechazo de la mayoría. Paradójicamente, el crecimiento de la idea que defiende esa organización y de la propia organización pueden llegar a ser incompatibles. La idea crecerá más si es defendida por personas al margen de esa organización, si se preserva la autonomía de los participantes, si no se requiere asumir una identidad, y si a pesar de ello se conserva la capacidad de decidir sobre el conjunto de ese proceso. Resumamos: Trabajar por rechazar la línea de alta tensión, sí. Afiliarme a una organización para movilizarme ante ello, no.

En la última década, como decía, se ha producido un creciente alejamiento de las nuevas generaciones ‘líquidas’ ante las organizaciones clásicas (partidos o sindicatos), que en su lugar nutrían al asociacionismo juvenil o a los movimientos sociales post-antiglobalización (aunque la respuesta mayoritaria de los jóvenes ha sido el desinterés político). Pero ello no se plasmaba en el desarrollo de movilizaciones alternativas a partidos y sindicatos. Y es que era extremadamente complicado unir a alguien de Huesca con alguien de Sevilla para una movilización conjunta. Se requería la mediación de una organización (o de un medio de comunicación). Éstas tenían el monopolio de la comunicación entre personas de diferentes territorios y fondos económicos para su difusión. Sus nodos locales y sectoriales eran imprescindibles.

Ahora, la comunicación se ha convertido en un acompañante constante de nuestra vida diaria, donde los ‘smartphones’ son ya prolongaciones de nuestro cuerpo. Como consecuencia, la sociedad 2.0 altera, inesperadamente, el funcionamiento de las organizaciones. Nada volverá a ser lo mismo. Internet, primero, y las redes sociales, después, han facilitado y abaratado la acción colectiva y la difusión sin mediación. Partidos y sindicatos dejan de ser imprescindibles: es posible organizarse colectivamente sin una ‘organización’. Ya no se necesita una ‘inteligencia central’. Hay un ‘ejército anónimo’ de mentes pensantes, que se auto-organizan, que piensan e innovan, que construyen un entramado ‘creative commons’. Las organizaciones clásicas (partidos e instituciones), explica Joan Subirats (El País, 2 Agosto, 2011), están sufriendo para entenderlo: creen que Internet es un martillo “con el que seguir haciendo lo de siempre, pero de manera más cómoda o más rápida”. Pero para él, “es otra forma de relacionarse y de vivir. Es otro país”, donde se cuestionan las funciones (casi monopolísticas) de instituciones y partidos de “intermediación y control”, de representación de ideales e intereses, de lealtad y límites a la libertad de expresión.

En ese contexto triunfó el 15-M: identidad individual (pero de la que surgió, a partir de la interacción, un significado compartido y una identidad colectiva -mutable y temporal-), organización difusa y acción simultánea en infinidad de lugares de un movimiento que parecía dormido hasta entonces. Frente a las viejas formas de “liderazgos individuales (narcisistas) y (…) las organizaciones jerárquicas (piramidales)” y centralizadas, surge otro tipo de liderazgo (anónimo) y otro tipo de organización (en red)”, como un ‘enjambre de abejas’, sugiere el profesor de Ciencias Políticas de la Universitat de Girona Raimundo Viejo (Rebelión, 3 Julio, 2011). El 15-M, por tanto, recogía a cientos de miles de jóvenes precarios, parados o trabajadores sin sindicación. Hasta entonces desconectados y sin voz en las organizaciones clásicas, juntos, construyeron una movilización sin mediación, en red. Su foco de lucha no fue el ámbito laboral porque por eso son precisamente ‘precarios’ (temporalidad, debilidad de negociación de sus condiciones laborales, cambio constante de trabajo y sector, o falta de lazos con otros compañeros). Pero la fragmentación laboral y el ‘desinterés’ político se romperá en las plazas y movimientos sociales, que se convertirán en potenciales escuelas de organización de ‘precarios’, hasta entonces divididos. La experiencia del 15-M pasará a los centros de trabajo, donde las Asambleas de las ‘Mareas’ servirán como instrumento de socialización política a médicos, profesores, investigadores o abogados. Las Mareas aparecen y desaparecen, pero en sus picos la participación es masiva e implica a personas que no participaban en el ámbito sindical. ¿Un nuevo modelo de sindicalismo? Eso sugiere el editorial del colectivo Madrilonia (10 Enero, 2013). Según ellos, las Mareas se distinguen por su confluencia entre los ámbitos político, sindical y social. Así, rechazan “la defensa de los servicios públicos como conflictos corporativos que se vinculan de forma exclusiva a las reclamaciones salariales inmediatas de los y las profesionales”, rompiendo la frontera entre usuarios de un servicio y profesionales del mismo. El éxito de la estrategia ha permitido construir una complicidad social bajo la cual la sociedad ha participado en la creación de cuentas en redes sociales, elaboración de carteles, desarrollo de iniciativas por la red o reivindicaciones que trascienden los centros de trabajo y buscan ‘bloquear’ la ciudad. Para Madrilonia, eso no habría sucedido en igual medida en otros conflictos laborales más monopolizados por organizaciones clásicas como la huelga de Metro o el conflicto de Telemadrid.

Viejos de repente, extraños de repente

Imaginaros que alguien retirara la ropa de nuestro armario, la música más actual que escuchamos y la decoración de nuestro salón y la sustituyera por ropa, música y decoración de nuestra infancia. Observaríamos con detenimiento unas prendas que veríamos desfasadas y un sentimiento de vergüenza nos recorrería al pensar en vestirlas de nuevo (al igual que cuando alguien comparte una foto nuestra en las redes sociales de hace 10 o 15 años y re-descubrimos cómo vestíamos entonces). La música seguramente nos traería una sonrisa, vinculada como está a sensaciones y experiencias tenidas mucho tiempo atrás. Mirar el salón de nuevo nos produciría una sensación de volver a la casa de nuestros abuelos. Todo, en definitiva, nos parecería viejo, de repente. Si, por el contrario, nos encerraran en una habitación durante dos décadas sólo acompañados con grabaciones de la música y películas de actualidad o pósteres de anuncios de las últimas campañas de publicidad, el día que saliéramos todo nos parecería extraño. Música muy diferente, gente vestida con ropas inimaginables, campañas de publicidad que revelarían otros valores y otra forma de vivir. En este caso, no nos parecería todo ‘viejo, de repente’, sino ‘extraño, de repente’. Ese sentimiento nos inmovilizaría durante un tiempo, no sabríamos reaccionar, no tendríamos claro qué ha cambiado en el mundo, o directamente rechazaríamos el ‘nuevo mundo’ y repetiríamos sin parar que ‘antes todo era mejor’.

Estos dos ejemplos reflejan cómo la fase post-15-M ha sido percibida por diferentes grupos de la población. Para unas personas, jóvenes o recién llegadas a la política de los movimientos sociales, lo anterior recordaba a otra forma de pensar con la que no se sentían identificadas, sonaba a ‘antiguo’ a ‘estrategias del pasado’ o a ‘mensajes de otro tiempo’. Para otras, luchadoras históricas con años de batallas a las espaldas (pero también jóvenes ‘socializados’ en la izquierda), el 15-M y sus ramificaciones posteriores representaba una forma de actuar y pensar incomprensible, que genera sospechas y reactancias. El uso laxo por los recién llegados de términos que representan el centro de su acción política durante años (‘los de abajo’ en vez de ‘la izquierda’, por ejemplo) les generaba malestar a los históricos (aunque no a todos ellos). El uso repetitivo de esos términos (izquierda, clase obrera) por parte de estos recordaba a ‘los nuevos’ reiteradamente al pasado. La huelga general del 29-M, las críticas al 15-M durante las huelgas mineras (la lucha entre ‘ flores y barricadas’) o el Rodeo al Congreso el 25-S volvieron a mostrar que el conflicto sigue sin cerrar y que sólo puede superarse cuando estas dos visiones de la movilización social aprendan mutuamente. Debemos evitar cerrar en falso este conflicto: buena parte de militancia y direcciones de la izquierda política y sindical creen que del clima de protestas iniciado en Mayo de 2010 derivará una entrada masiva de afiliación a sus organizaciones. De hecho, el activista del 15M y de la Corriente Sindical de Izquierdas, Emilio León, sostiene que “mientras la militancia con ganas de abrir esas organizaciones se ha aproximado al 15M y han dedicado su esfuerzo a las asambleas, los sectores más tradicionales se han mantenido donde estaban sin apenas modificar su concepción y prácticas”. Estos sectores sostienen con vehemencia que las protestas populares no habrían conseguido su objetivo por su falta de ‘organización’, en el sentido clásico.

Pero, ¿es realmente posible volver sin más a los modelos clásicos de organización y esperar adhesiones masivas de la población? No lo parece. El 15-M, sorprendentemente, consiguió vencer en las primeras semanas de las Acampadas: La mayoría de la población asumió e internalizó sus demandas y metodologías, incluso entre quienes se desmarcaron posteriormente de sus acciones e iniciativas. Como una flor, este movimiento polinizó otras flores de su entorno, algunas cercanas, otras muy lejanas. Por ello, aunque los estudiantes del IES Luis Vives de Valencia no hubieran participado en el 15-M y ni siquiera reconozcan su influencia, cuando salieron a las calles y comenzaron la llamada Primavera Valenciana, consideraron ‘normal’ el no pedir permisos en sus manifestaciones, utilizar las redes sociales o criticar que el dinero se usara para privilegios políticos y no para gasto público. Cuando las Mareas impulsaron un modelo de organización, les parecían lógicas las asambleas de centro o la coordinación en grupos de Facebook. Cuando los jueces y abogados salieron a manifestarse en las calles de Oviedo, no les pareció extraño el hacer una convocatoria ‘alegal’, sin notificar a las autoridades. La influencia del 15-M, como ‘clima’ o ‘sentido común’, no se ve pero existe, y lo hace hasta en sectores muy alejados a ese movimiento.

Caminando hacia adelante

Creer que ‘todo lo viejo no está adaptado para la situación actual’ o que ‘todo lo nuevo lo hace perfectamente’ sería un error. Ambos enfoques son necesarios. Estamos en un cambio de ciclo, pero eso no significa que ya lo hayamos hecho o que sepamos cómo hacerlo. Por ejemplo, el asociacionismo ‘formal’ juvenil (como el integrado en los Consejos de la Juventud) sufre la misma crisis de militancia que partidos y sindicatos. Incluso en lo más ‘nuevo’ se repiten errores históricos: El 15-M a veces ha reproducido la forma clásica de organización, patologizándose. Ha sacralizado sus propios métodos, sus normas, su ideología… creyendo que sus problemas internos eran los de toda la ciudadanía. Muchas Asambleas del 15-M rechazaron (paradójicamente para un movimiento que surgió por Internet) la participación no presencial (“la gente no se implica” o “prefiere estar en el sofá”). Ello primaba a quienes acudían físicamente a las asambleas y creaba una diferencia endogrupo-exogrupo. Junto a ello, otros clásicos: luchas de egos, una ‘burbuja asamblearia’ (frente al arisco “exterior”) o discursos en nombre del “Pueblo”, sin escuchar qué es lo que éste quiere en realidad. El 15-M ha olvidado a veces la causa de su éxito: No era una organización clásica –con normas, identidad y autoreferencialidad. Su énfasis era hacia afuera (el mundo de precariedad y crisis que era real para sus participantes, reflejado en recortes sociales y reformas laborales), sus métodos eran difusos y abiertos a la innovación, y su identidad colectiva estaba en continuo cambio.

Afortunadamente, cada intento del 15-M de constituirse en organización es ‘puenteado’. Como una aguja que tira de un hilo, surgen iniciativas descentralizadas, apoyadas en las redes sociales, que han obligado a las protestas populares a fluir hacia delante, con otros nombres, pero con idénticos modelos. Convocatorias globales como el 15-O en 2011 o el 12-15M en 2012 traspasaron a las asambleas del 15-M. El Rodeo al Congreso del 25-S salió adelante a pesar del rechazo de una parte de las asambleas ‘indignadas’. Las mareas verdes de educación o rojas de parados explotaban con o sin el 15-M. Pero también el propio 25-S fue hackeado con propuestas que surgían al margen de sus Asambleas (como la de bloquear los registros del Congreso). Es lo esperable en las sociedades de redes digitales, que comparten características como la Horizontalidad (‘todos somos iguales’), el Creative Commons (lo que se hace es propiedad colectiva y está abierto a la modificación constante) y la Inteligencia colectiva (‘diez cabezas piensan mejor que una’). Está claro: El ‘universo 15-M’ no puede reducirse a una ‘organización’.

La rapidez de estas mutaciones rompe con los paradigmas clásicos. Hay identidad, pero muta rápidamente y permite evolución y aprendizaje (la normalización en el uso de palabras como ‘lucha de clases’ o ‘república’ en el 15-M es un ejemplo). No hay organizaciones estables, pero sí organización temporal. No hay normas y estatutos, pero la memoria avanza con los movimientos. No hay militancia, pero hay activistas que mutan entre proyectos e iniciativas. La sociedad ‘líquida’ ha llegado, pero no para fragmentarnos y terminar con la contestación social, sino para articular y dotar de identidad a quienes parecían sumidos en el individualismo del consumo. Es posible desarrollar movimientos masivos y populares, es posible que la consciencia como clase social aumente colectivamente, pero este proceso masivo no sucederá sólo por los medios y formatos clásicos. Necesitamos lo colectivo, pero necesitamos una organización colectiva que refleje cómo somos hoy en día y en qué tipo de sociedad estamos.

Será crucial reducir la distancia entre organizaciones y movimientos, adaptándose a la diversidad de una sociedad donde muchos segmentos sociales no están representados en las organizaciones actuales. Frente a las ‘ásperas vidas organizativas internas’, cada vez valoramos más la autonomía y la creatividad y tenemos “una alergia profunda al seguidismo acrítico”, sugiere el analista Antonio Gutiérrez-Rubí en su página web. Preferimos unirnos a ‘causas’ que a ‘casas’, ‘estar’ en las acciones pero sin necesidad de ‘ser’ militantes. Aún con todo, estos activistas deben poder decidir sobre la estrategia de las organizaciones (‘quien está en la calle contigo, ha de tener voz sobre el proyecto sindical o político). Los liderazgos serán más colectivos, en red y horizontales, apoyados en un trabajo en red abierto a quien esté interesado en colaborar. La lealtad viene por los fines (la lucha con la que el ‘ejército anónimo’ se identifica), mientras que la ética, la austeridad y la transparencia han de estar en un primer plano. La comunicación ha de alejarse de las ‘líneas oficiales’ y debiera confluir con las redes de comunicación desarrolladas por los movimientos de protesta, lo que requiere frescura, creatividad, innovación y ‘licencia abierta’. Es decir, ha de permitirse la apropiación y modificación del mensaje por los no militantes. En cuanto a las acciones, habrá que normalizar formas clásicas de lucha sindical y política entre los más jóvenes, como sucedió en Asturies tras una huelga minera que desencadenó huelgas indefinidas y mimetizaciones en cadena. Pero más allá, las y los más jóvenes tendrán que re-apropiarse de acciones como las huelgas generales, aumentando su efectividad, sacándolas de las fábricas y dirigiéndolas a bloquear el consumo, las ciudades y el sector servicios. En definitiva, la izquierda política y sindical debería acercarse urgentemente a jóvenes y movimientos de protesta, innovando, renovando sus estructuras y entendiendo la diversidad actual de la sociedad, mientras los segundos no deberían menospreciar la importancia de la lucha en los ámbitos político y sindical. Hay que superar la etapa de ser ‘viejos, de repente’ y la de ‘extraño, de repente’, emprendiendo medidas que reformulen los métodos de funcionamiento de las organizaciones: seguir actuando como si nada hubiera cambiado en la sociedad sería un grave error.

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Daniel Mari Ripa. Investigador Severo Ochoa-FICYT en Psicología Social de la Universidad de Oviedo.

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